Cada vez más, las ciudades están apostando por adaptar sus atractivos turísticos para que las personas con discapacidad puedan disfrutar también de ellos. Bien sea por concienciación social o por interés económico (hay estudios que demuestran que el gasto medio de un turista con discapacidad o movilidad reducida, es del doble que el de un viajero sin discapacidad), lo cierto es que se está aumentando la accesibilidad  para favorecer el llamado turismo accesible.

Al fin y al cabo, todos nos beneficiamos de la inclusión de sistemas de accesibilidad, porque hace que el museo sea más sencillo, intuitivo y cómodo. Además hay que tener en cuenta que vivimos en una sociedad en las que cada vez hay más personas mayores y con más tiempo para el ocio. Y supone una mejora en la eficacia de los atractivos turísticos y es una vía de diferenciación altamente rentable.

Existe todo un marco legislativo que regula la accesibilidad. La Convención de Naciones Unidas pone el acento en el respecto de los derechos humanos en cualquier actuación que tenga relación con las personas con discapacidad. Y en España, el Real Decreto de creación de la Red de Museos de 2009, considera la accesibilidad universal como un criterio de excelencia y calidad.

Acciones para hacer un museo o un monumento accesible hay muchas, desde las que afectan a las instalaciones hasta las que tienen que ver con la manera de comunicar. Eliminar las barreras arquitectónicas con puertas automáticas, rampas, disponer de baños adaptados y de ascensores o contar con sistemas de apoyo puede ser un primer paso en este sentido.

También es importante contar con zonas de descanso, no solo como sistema de accesibilidad sino también para mejorar la experiencia de personas mayores y no tan mayores. Otras formas pueden ser disponer de pasillos anchos, que permitan el paso de sillas de ruedas, plataformas elevadoras (en el caso de edificios históricos que no pueden introducir un ascensor), contar con una buena iluminación, una señalización clara y visible y un sistema de sonidos que por ejemplo permita a una persona ciega saber cuando se cierra o se abre una puerta automática.

Pero la adaptabilidad a nivel arquitectónico es solo un primer paso. Hay que ir más allá e implementar también sistemas pensados para la discapacidad intelectual y sensorial. Museos en los que se pueden tocar las esculturas o al menos disponer de réplicas o maquetas que se puedan tocar, audioguías y dispositivos portátiles con vídeos que expliquen lo que estamos viendo en el lenguaje de signos (signoguías), cartelería en braille, guías preparados para explicar las obras a personas con discapacidad intelectual o sensorial, mejorar la legibilidad de los carteles explicativos situándolos a una altura adecuada y con una tipografía macro. Para ello es fundamental contar con el apoyo de organizaciones que trabajan por estos colectivos y cuya aportación puede marcar la diferencia.

Cada vez hay más museos y monumentos que han apostado por un diseño accesible. Sin duda, hay que hacer un esfuerzo económico pero la eliminación de barreras físicas e intelectuales. Tienen que verse como un paso más hacia un derecho fundamental, el acceso a la cultura.