Una smart city o ciudad inteligente es aquella que ha orientado todo su desarrollo hacia la sostenibilidad, sirviéndose principalmente de la tecnología para incrementar la calidad de vida de sus ciudadanos (presentes y futuros), para un uso más eficiente de sus recursos (principalmente los energéticos) y donde los ciudadanos participan de una manera activa en la gobernanza de la ciudad.

Una apuesta por las energías renovables, la gestión integral de los recursos energéticos e hídricos, unos medios de transporte eléctricos, la  promoción de las bicicletas, infraestructuras con soluciones tecnológicas de vanguardia y automatismos, edificios inteligentes son algunas de las estrategias que se pueden aplicar para impulsar una ciudad inteligente.

Para saber si una ciudad es inteligente o no hay que valorar diez aspectos fundamentales (gobernanza, planificación urbana, gestión pública, tecnología, medioambiente, proyección internacional, cohesión social, movilidad y transporte, capital humano y economía) que se resumen en cuatro principios: tener un desarrollo económico sostenible; realizar una buena gestión de los recursos naturales; tiene que haber un compromiso firme entre administración y ciudadanos; y tener un compromiso con el entorno.

Analizando uno de los aspectos clave de una ciudad inteligente podemos comprobar las diferencias con otras que no lo son. Se trata del consumo energético. En una smart city se dispone de los automatismos necesarios, gracias al correcto uso de la tecnología, para controlar el consumo energético a través de la captación constante de información. La iluminación, el riego de los jardines, el transporte urbano, todo está conectado a un sistema inteligente que traduce la multitud de datos que se generan para un uso más eficiente de la energía.

Otro ejemplo, una smart city contará con edificios inteligentes que serán sostenibles y que cuenten con sistemas, desde cerramientos a través de puertas automáticas hasta paneles solares o reutilización del agua de lluvia, que adaptan sus necesidades a las condiciones del entorno y a los hábitos de sus habitantes.

Cada vez hay más ciudades que están apostando por ser ciudades inteligentes. Las grandes urbes encabezan la lista, aunque ninguna de ellas reúne todos los requisitos para ser considerada 100% smart city: Tokyo destaca por la gestión pública y el capital humano pero falla en cohesión social; Londres tiene altos todos los aspectos que hemos nombrado antes excepto gestión pública y cohesión social; Nueva York destaca por su capital humano y la economía; Zurich es más fuerte en medioambiente, movilidad y transporte; y París sobresale en proyección internacional, tecnología y movilidad y transporte.

A nivel más cercano, en España las ciudades están apostando por un lado en mejorar la gestión energética e implementar las renovables, como están haciendo en Málaga; y por otro lado por utilizar la tecnología como elemento básico de ciertos servicios como la movilidad o la administración (aquí están los ejemplos de Barcelona, Zaragoza y Gijón).

Por supuesto todo esto no puede hacerse sin unos ciudadanos plenamente implicados en la transformación de su ciudad en una ciudad inteligente, la interacción del ciudadano con los diversos elementos institucionales, urbanos, y tecnológicos, es fundamental para hacer que su vida cotidiana sea más fácil y se incremente su calidad, a través de automatismos que mejoren la movilidad, de un buen sistema educativo y sanitario, de hogares saludables y con un fácil acceso al ocio y la diversión.