Aprovechando la llegada del verano, y con ella el consiguiente uso de aparatos de aire acondicionado o climatizadores, resulta esencial centrarse en lo concerniente al confort climático y en los límites o pautas a establecer para hacer un consumo sostenible del mismo.

No siempre es fácil alcanzar la zona de confort dentro de los edificios, ya que la temperatura que puede resultar óptima en uno, puede no serlo para otro, y es que son varias las consideraciones a tener en cuenta a la hora de ajustar el termostato.

Los hermanos Olgyay, elaboraron una carta bioclimática en la cual se incluían la humedad y la temperatura como variables fundamentales para el bienestar, además de otras como la evaporación y la radiación, que sirven como medidas correctoras. Según los hermanos Olgyay, “El procedimiento deseable será trabajar con y no contra las fuerzas naturales y hacer uso de sus potencialidades para crear mejores condiciones de vida”

Según Baruch Givoni, arquitecto israelí y uno de los especialistas más reconocidos del mundo en arquitectura bioclimática, la edificación juega un papel esencial a la hora de establecer las pautas que delimiten los límites de temperatura en el interior del edificio. En el Building Bioclimatic Chart (Diagrama Bioclimático para Edificios), Givoni introduce como efecto la variable de la propia construcción sobre el ambiente interno, o lo que es lo mismo, mediante el uso de materiales aislantes, se puede conseguir una zona de confort determinada, teniendo que hacer así un menor uso de los equipos de refrigeración y calefacción.

Una vez establecidos los dos diagramas más utilizados en términos de confort climático, se han de seguir unas pautas para aprender a utilizarlos y así optimizar al máximo los recursos disponibles.

En ambos diagramas se establecen zonas de confort teniendo en cuenta diferentes variables. La franja de confort térmico se fija normalmente entre los 20 y los 28ºC, pero se han de tener en cuenta las diferencias existentes entre los meses de verano y los de invierno, es decir, las variables referentes al número de horas de incidencia solar o la manera de vestir de las personas de una estación u otra. Mientras que en invierno es probable que a 22ºC nos encontremos dentro de lo que se considera una temperatura óptima, en verano no es necesario bajar tanto los niveles de temperatura puesto que la gente va menos tapada, por lo que la temperatura óptima para los sistemas de aire acondicionado durante estos meses se ha establecido en torno a los 26ºC.

Mediante el aprovechamiento de la radiación solar durante los meses más fríos del año se puede reducir el consumo eléctrico de manera más que notoria. Si además promovemos que se fije en invierno la temperatura en 22ºC como un estándar, alcanzaremos los niveles de eficiencia energética establecidos. Esto mismo se puede extrapolar al verano, los edificios deben contar con materiales aislantes que sirvan para disipar las condiciones exteriores; también se puede hacer uso de toldos u otros elementos que ayuden a dispersar el calor, o bien otros que ayuden a evitar pérdidas de temperatura como puertas automáticas, las cuales tan sólo permanecen abiertas cuando es necesario, evitando así pérdidas de frigorías, lo que se traduce en un menor consumo energético.

Se ha de tener presente que tanto en invierno como en verano, bajar o subir un solo grado la temperatura supone un gasto enorme de energía, por lo que se ha de evitar sobrepasar los límites establecidos si queremos tener un edificio sostenible en términos energéticos.