Desde hace un tiempo, hay un término que se repite mucho en el mundo de la construcción y la arquitectura: sostenibilidad. En su búsqueda, han surgido corrientes arquitectónicas donde el equilibrio y la armonía son una constante con el medio ambiente. Hablamos, por ejemplo, de la arquitectura bioclimática. Pero, ¿en qué consiste?

La bioclimática es aquella arquitectura que tiene en cuenta el clima y las condiciones del entorno para ayudar a conseguir confort térmico de los espacios. Así se ahorra en consumo de energía y disminuye el impacto medioambiental. Ahorrando energía ahorramos dinero y vivimos de forma más sostenible.

Aunque parezca una tendencia nueva y sofisticada, no es así. La historia de los distintos pueblos nos da ejemplos de cómo nuestros antepasados han sabido combinar el diseño de sus viviendas con los materiales de construcción disponibles para captar la radiación solar en invierno, ventilar y refrescar los edificios en verano y crear microclimas húmedos en los lugares áridos.

Es muy conveniente observar las ingeniosas viviendas del pasado y aprender de ellas. Ya en los comienzos del siglo XX, los dos grandes precursores del bioclimatismo Le Corbusier y Frank Lloyd Wright, basaron buena parte de sus aportaciones de control climático en los apuntes que tomaron en sus viajes por los pueblos de Oriente, donde las viejas tradiciones arquitectónicas seguían vigentes.

En bioclimatismo se tiende a mantener un clima confortable en el interior de un edificio sin recurrir al empleo de energías no renovables. En invierno querremos mantener la vivienda más cálida que el entorno y en verano más fresca. Esto se consigue manteniendo un buen equilibrio entre las ganancias y pérdidas de calor. Debemos conocer cómo captar calor y cómo podemos perderlo.

Estas son algunas consideraciones a tener en cuenta:

  • Ventilación correcta y aislamiento de los muros, para conseguir la  máxima eficiencia en el mantenimiento de la temperatura (con poliestireno, por ejemplo).
  • Integrar energías renovables, para no contaminar ni gastar consumiendo combustibles fósiles cuando necesitemos de esa energía.
  • Hacer la entrada al edificio a través de un vestíbulo que genere un pequeño microclima a una temperatura intermedia entre el exterior y el interior.
  • Utilización de puertas automáticas Manusa, en montaje simple o en esclusa, que eliminan las corrientes de aire, limitan el intercambio de aire con el exterior al mínimo imprescindible y consumen poca energía y de forma eficiente.
  • Orientación de la construcción, para aprovechar al máximo las horas de luz.
  • Utilizar todo lo que se pueda materiales naturales, y aquellos que más se usan en la región (nos saldrán más baratos y será más rápido obtenerlos).
  • Elementos exteriores pueden ser de gran ayuda, como toldos o persianas, o pérgolas…

Cuando se construye un edificio nuevo, hacerlo teniendo en cuenta todo lo anterior no supone un incremento del precio final muy significativo. De hecho, estudios de diferentes universidades europeas y latinoamericanas han llegado a la conclusión de que construir con técnicas bioclimáticas puede llegar a suponer una reducción de entre un 5% y un 20% del precio final respecto a una construcción tradicional. Por otro lado, las reducciones de gastos en energía consumida a lo largo de toda su vida útil suponen entre un 20% y un 50%.

Si sumamos la reducción del precio en la construcción, el ahorro durante su uso y la reducción de la contaminación, podemos considerar que este tipo de construcciones son 100% recomendables.